Juan mira su vieja camiseta con atención. Está haciendo sitio en los cajones, que casi no se pueden cerrar de llenos que están, tirando prendas viejas.

Duda si tirarla o guardarla otra vez.

Es una camiseta publicitaria de la marca Roly, color burdeos, con un gran escudo, impreso en color negro, del que forman parte, además de volutas y filigranas, una cabeza de lince y un texto no demasiado grande: Motos Ureña. Una publicidad discreta que nunca le había costado llevar; al contrario, daba vida a una prenda que, de otra forma, sería insulsa, sin personalidad.

Se la regalaron en una exposición de motos celebrada en su ciudad, Valladolid, hacía ya cuatro años y, aunque él no lo sabe, fue estampada en Promología, una de las principales empresas del sector del regalo promocional de este país.

Su vida había cambiado mucho en este tiempo. No pudo entonces comprar la deseada moto ya que su novia entonces, su mujer ahora, se cerró en banda en una negativa rotunda, pero aún tenía la intención de conseguirla, ahora que las cosas le iban mejor. Tal vez para el próximo año.

Cuatro años ya con la vieja camiseta con la que compartió tantas horas de ocio. Y de  trabajo. La usó mil veces en el gimnasio, haciendo footing, paseando en bicicleta, en picnics, para hacer la barbacoa que acostumbraba los fines de semana que hacía buenos, cortando el césped,… Y de camping, todos los años, en el que su vestuario consistía en un bañador, un pantalón corto y dos camisetas; una esa esta.

Menuda caña le dio. Y, aunque había perdido durante el último año ese aspecto de nueva, después de centenares de lavados, no estaba en mal estado aún. Ahora ya no la utilizaba para hacer deporte, pero se la ponía para andar por casa, para trabajar y, algunas veces, para dormir.

Aún estaba bien. No para ir a una boda, pero estaba bien.

Motos Ureña. Algunas veces le coincidía pasar por delante del establecimiento y nunca dejaba de echar un vistazo rápido al escaparate, en el que se mostraban dos o tres modelos de motocicletas que acostumbraban a cambiar cada semana al menos.

¿Cuántas fotografías tendría con esta camiseta? Decenas, al menos. Muchas compartidas con su mujer, antes y después de casados, y con su hijo pequeño. Se imaginaba viéndolas juntos al cabo de 20 años y comentando: “¿Te acuerdas de aquella camiseta?”

No se merecía una muerte así. Era una camiseta de acción y se merecía una muerte gloriosa en una peligrosa acción, como unas salpicaduras de lejía mientras limpiaba, o una mancha indeleble de grasa en la barbacoa, o, mejor aún, un enorme roto en una caída mientras jugaba el partidillo de los sábados.

No, no la iba a tirar. Aún podía aguantar uno o dos años más y siempre sería de utilidad  tener una camiseta así.

Le había cogido cariño a esta camiseta.

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